La indignación que cubrió las plazas de las ciudades de Europa hace un año, cuando los verdes de mayo hasta el mar, ha vuelto a salir a la calle. Hubo gritos, carreras, policía, heridos y detenidos, pero la sangre no llegó al río y, una vez más, los llamados indignados de mayo hicieron acto de presencia durante unas horas en las vidas de todo y, sobre todo, en los medios informativos que se ocuparon con gran espacio de sus actividades públicas. Se trataba de eso: que el sistema y quienes lo manejan, siempre según los indignados, vea y por fin se den cuenta de que la indignación puede ir subiendo de tono poco a poco hasta conseguir bloquear todo un mundo que, a mi modo de entender, camina por inercia. Parar la inercia es sumamente complicado, porque es más que una costumbre, es una genética del mismo mundo que vivimos que no nos permite más camino que seguir de un lado a otro, pendientes de nuestra propia inercia.
Hay quienes, además, piensan que en los indignados no florecerá ninguna revolución popular al uso, sino que lo que se sugiera bajo todo ese griterío pacífico no es más que un pensamiento adolescente que sólo le interesa a los jóvenes y a los viejos. Y no es del todo cierto. Este sistema en el que vivimos ha sido asaltado por muchos de los magnates y legisladores que dicen luchar para que la ley sea igual para todos y nadie esté por encima. Los que tienen que cuidar de esa ley son, según los indignados, los primeros que se la saltan todos los días y el mundo, que es lo que yo creo, no funciona por ellos sino por la inercia del propio mundo y de quienes nos creemos que lo movemos, que somos nosotros.
Además, ¿cuándo no hubo indignados en el mundo? Este sistema capitalista, el nuestro, que también pasa por ser democrático, y a veces hasta lo es, está ahora en manos de fulleros que cuando no terminan en la cárcel por robar más de la cuenta se esfuman como niños buenos y se van a la buena vida de hacer negocios como si el asunto no fuera con ellos. Los ejemplos son tantos que las reclamaciones, de hacerlas, serían incontables. Mientras tanto, mayo es el mes de los indignados, pero también el de los contribuyentes. Dentro de nada tendremos que pagar lo que nos cuesta que todavía funcione esa inercia a la que me refiero, la última energía que le queda al mundo en que vivimos, junto con la de los indignados…
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Cursó sus estudios primarios y secundarios con los jesuitas, en su ciudad natal y se licenció en Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid en 1968. Entre 1974 y 1978 viaja y cambia repetidamente de residencia y desde 1978 se asienta en Madrid. Ejerce múltiples y variadas actividades, literarias y periodísticas, como colaborador en medios de prensa y televisión españoles. Entre 1974 y 1978 publica sus primeras novelas "El camaleón sobre la alfombra" - Premio Benito Pérez Galdos 1975, "Estado de coma" y "Calima" donde se descubre su primer universo literario. Luego con "Las naves quemadas" y "El árbol del bien y del mal" creó el imaginario de Salbago. En 1998 obtuvo el Premio González-Ruano de Periodismo y, desde ese mismo año, está en posesión de la Orden de Miranda. En la actualidad es director de la Cátedra Vargas Llosa. -
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