La estrategia de la mentira

Está escrito y comprobado que la mentira es uno de los motores que mueve el mundo. No sólo el mundo del juego, que se basa en engañar al adversario según las mismas reglas de cada juego, sino en el mundo de la política, en el mundo cotidiano. Vean si no la diplomacia, una suerte de mentira institucionalizada, mezclada con educación mundana e hipocresía profesional. Un gran diplomático, pues, es un gran mentiroso. Hay, sin duda, mentiras piadosas. Mentiras que se dicen con buena intención, pero que a la postre suelen traer malas consecuencias para quien las dice, si se descubre su mala costumbre, o para quien las recibe, si descubre que le mienten. La peor mentira es la traición, que presupone un juramento de lealtad entre las partes, pacto que se rompe cuando una de esas dos partes traiciona mintiendo y convirtiéndose en enemigo. Hay quien dice que en el mundo, a lo largo de la historia del hombre, la mentira es un invento necesario, una estrategia que sirve para quitar tensión y presión, para desviar la fierza de un conflicto hacia una tercera vía que termine por calmar las belicosas intenciones de los ya adversarios. Tengo la impresión de que en la estrategia de la mentira todo el mundo tiene “su razón” para llevarla a cabo. Muchos cínicos hablan, sin dudar, de la ética personal, que exige un tratamiento de disciplina educacional y esmero profesional a quien ejerce de mentiroso. Se dice, por el contrario, que la mentira “tiene las patas” muy cortas y que se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Tengo dudas a este último respecto, porque conozco mentirosos irreductibles que de tanto fabricar embustes se los terminan ellos mismos creyendo antes que los demás, de modo que el poder de convicción que tienen cuando lo transmiten es mucho mayor que si el embuste fuera un engendro sin terminar. Los escritores de ficción, los novelistas y cuentistas, jugamos todo el día con la mentira y para decir la verdad también conozco a escritores que, tal vez por esa pasión por inventar mentiras y escribirlas, terminan trasladándolas a la vida real y perdiendo el perfil necesario de la frontera entre lo imaginario y ficticio con la realidad cotidiana. La peor de las mentiras es la política. Es decir, la de los político, porque mienten a los demás a sabiendas de que les están mintiendo y esa es también una forma de corrupción repugnante: como se mienten a sí mismos tienen la certeza moral de que pueden mentirle a los demás. Los demás con frecuencia somos nosotros, los que tenemos el estatuto de ciudadanos y pensamos a veces que no nos sirve sino para que los políticos y los poderosos nos engañan, nos mientan, nos embauquen y poco a poco pero sin cesar no lleven al matadero sin que nos demos cuenta. La crisis que acucia al mundo occidental en estos momentos es una crisis provocada por una de las mentiras más detestables de la vida del hombre: el robo. La condición humana es irreductible en sus vicios: los comunistas totalitarios terminaron por robar el comunismo; los capitalistas mentirosos han terminado por robarnos aquellos elementos que hacían del capitalismo un destino aceptable: el Estado del Bienestar. Y todo eso con la simple estrategia de la mentira. Eso sí, más que como estrategia, parece que ahora la mentiera se ha convertido en una suerte fatal de ideologíaa.

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