Gore Vidal

La muerte acaba con nosotros, pero al mismo tiempo nos humaniza. Pocos comentaristas, en papel y en la red, han podido dejar de lado la tentación de hablar de Gore Vidal a la hora de su muerte. Vetado durante largo tiempo por los poderes terrenales de los medios informativos más “prestigiosos” de lo que él mismo llamaba los “Estados Unidos de la Amnesia”‘ Vidal fue en todo ese mismo tiempo lo que vulgarmente se llama en España una mosca cojonera del sistema al que criticaba de la mañana hasta la noche. ahí están sus textos, que demuestran que era un escritor que no escribía por dinero, sino porque sabía que un escritor tenía como mecanismo para estar y ser en el mundo la escritura crítica. Era un trabajador incansable y un sarcástico personaje que se convirtió en fenómeno sociológico desde sus primeros años de escritor. Seguro que nunca hubiera ganado el Premio Nobel, aunque en muchas ocasiones seguro también que figuró entre los candidatos a ganar esa fama que posa y pasa de inmortal de la literatura.
La sociedad americana, el gran establishment del Imperio, lo soportaba como podía porque, además, Gore Vidal no era de los escritores que rehuían la pelea contra la inmensa mediocridad sonriente que siempre aplaude al poder. Al contrario se reía de ellos en silla de pista, en un lugar de lujo de donde nunca pudieron, aunque lo intentaron muchas veces, sacarlo a patadas. Sus peleas fueron gloriosas y siempre con enemigos de su altura, incluidos Capote y Mailer, con el que llegó a las manos en más de una ocasión, siempre dando la cara y en público. Gore Vidal escribió su biografía que forma parte de la gran novela norteamericana del siglo XX, donde un fantástico plantel de fulgurantes escritores fueron, palabra sobre palabra, labrando la escultura escrita de lo que había en el corazón bueno y al mismo tiempo podrido del Imperio. Enemigo de toda literatura light, hoy rampante en tantas literaturas torpemente nacionales, Gore Vidal llamaba la atención aunque no se lo propusiera siempre. Amigo y enemigo de artistas, políticos y colegas de la escritura fue un elegante espadachín que fustigaba la hipocresía de los sepulcros blanqueados de aquel Imperio del que, aunque sea periféricamente, formamos parte integrante. Al final, valía la pena, por Gore Vidal, por su escritura, por su valiente y excesiva personalidad intelectual, por su independencia que lo hacía ser un funámbulo que trabajaba sin red y a mil metros de altura, siempre a la intemperie, soportando vientos y mareas en contra, siempre sarcástico, seguro de sí mismo y de cuanto siempre escribió.

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