Dejar atrás la nación

¡Lo que cuesta dejar atrás en Europa el egoísmo de las naciones! Ceder nacionalidad (en realidad, ceder soberanía nacional) es conceder a Europa el beneficio de su construcción real. Lo demás, que no está mal, es mercado común y unión económica. Desde sus orígenes, a finales de la Segunda Guerra Mundial, la actual Comunidad Europea se ha visto sometida siempre al vaivén de las voluntades soberanas de las naciones que la componen. Cada crisis desenvolvía una línea de crecimiento cuya culminación era, en principio, la creación y puesta en marcha de una moneda única: el euro. Sacrificios, esfuerzos, prejuicios nacionalistas, egoísmos localismos tuvieron que hacerse y ser dejados atrás para traspasar una línea de progreso que los pensadores de la Europa actual habían soñado en tiempos peores.Europa sería una y diversa, pues, y el viejo continente se levantaría de sus cenizas como una roca capaz de tener voz, voto y mercado en el mundo convulso del siglo XX. Así fue, si así os parece. Pero con todas las reticencias del espíritu nacional que en el fondo envuelve la vieja noción de la tierra. En los himnos nacionales de cada país se jalean las virtudes propias y se inventa, cuando no lo hay de verdad, un enemigo al que endilgarle todos los defectos del mundo; un ememigo que a veces, o casi siempre, es un fantasma incapaz de respirarar, pero nosotros, con nuestros miedos y nuestros inventos (y cuando digo nosotros digo las naciones) lo hacemos grande y lo convertimos en una muralla fantasma a la que le cuesta mucho traspasar las barreras nacionales. Sucede ahora, sin embargo, que Europa ha llegado a un lugar sin precedente anterior:una crisis de valores que ha desencadenado las crisis económica y la confusión política en la que andamos de hoz y coz. Salir de este círculo vicioso exige sacrificios históricos: por ejemplo, dejar atrás los viejos conceptos de nacionalidad: por ejemplo, desplazar al primer lugar de nuestras virtudes el estatuo de ciudadano antes que el estatuto de la tierra (de la nación); por ejemplo, saber que la única manera de prosperar juntos es seguir juntos y resolver juntos los problemas que hemos creado juntos. Muchas de las crisis a las que el mundo se somete de de vez en cuando, de temporada en temporada, son crisis que responden a un crecimiento desmesurado, a destiempo (antes de tiempo); crisis que deben resolverse por todas la partas, cediendo en todo cuanto haga falta para que la supranacionalidad europea no sea une entelequia o una utopía, sino un puerto de todos al que no sea tan difícil llegar. Las fuerzas nacionalistas, el viejo espíritu nacional de cada país, en suma, el nacionalismo, impide que Europa camine por senderos que lo son de progreso. Las reticencias de los gobiernos nacionales a ceder soberanía, a preparar a sus poblaciones para quie entiendan que Europa es algo más que un banco y un mercado común, que es un país común al que hay que llegar con el consenso de todos, son tan grandes como suicidas para el presente y el futuro de Europa. Por eso de vez en cuando los nacionalistas espolvorean por los medios informativos de cada uno de sus países una inyección necesaria de conciencia nacional, la misma que conlleva en su más profundo corazón un rechazo a la Europa que los europeístas soñaron construir hace ya más de medio siglo. ¿Se ha construido poco en este sentido? No lo creo. Crisis a crisis, Europa ha ido saliendo adelante, unas veces más fuerte y otras más débil, es verdad, pero siempre tratando de mantener la cabeza alta en el concierto de las naciones civilizadas y prósperas.El tremendo impasse que ahora estamos padeciendo, amenaza con dejarnos inmóviles, paralizados, inermes ante los grandes retos que se avecinan, que están delante de nuestros ojos. El primero de todos, salir cuanto antes y todos juntos (todos los que quieran y cumplan los requisitos de la comunidad), de la gran crisis económica que nos acucia desde hace ya más de cuatro años. Los gobernantes de esta Europa tan frágil no son aquellos creadores y pensadores de la Europa que soñamos, pero pueden ser buenos agentes para pasar de un campo de minas, el de hoy mismo, a un territorio de nuevas esperanzas. No me gusta el término de Nueva Europa, como si el salto que fuéramos a dar no tuviera que ver nada con “la vieja”. Me gustaría que los egoísmos nacionales y nacionalistas fueran quedando lentamente atrás y que una pedagogía ciudadana, de arriba a abajo y de abajo a arriba, hiciera entender que ese camino, el de la supranacionalidad europea, el de la suprepacionalidad europea que ya tenemos en los pasaportes, fuera también una realidad en nuestras relaciones y actuaciones cotidianas. Dejar atrás, en suma, la rémora del nacionalismo que tanta sangre y tanto desastre ha traído siempre a Europa, a la Europa de los ricos y la Europa que no siempre fue tan rica. Se suele olvidar el tiempo delhambre y d mezquindad que, no en una única ocasión, ha vivido Europa. Mala cosa. Sería bueno volver la vista atrás para disparar nuestra voluntad hacia adelante, hacia el camino del futuro, hacia la confederación de naciones con las que finalmente soñaron los padres europeos. Depende de nosotros, de los gobiernos y de los ciudadanos europeos, el que esa voluntad supranacional se imponga a los egoísmos nacionalistas de tantos europeos, que en lugar de ver a Europa como un destino siguen viéndola como una viea y hasta odiada enemiga.

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