Anoche estuve en un conversatorio muy interesante. A propósito de la presentación de “La civilización del espectáculo” de Vargas Llosa, un ensayo muy crítico con la sociedad actual y su monomanía de diversión y entretenimiento, hubo una reunión pública en el Instituto Cervantes de Madrid. Los personajes de la reunión fueron el mismo Vargas Llosa y el profesor Lipovestky, uno de los pensadores más relevantes de Francia en estos momentos.
Vargas Llosa defendió como pilar de la civilización, y frente a la canalización de la cultura por parte de las industrias del entretenimiento, la alta cultura. El francés no le llevó la contrario del todo, pero matizó en cada una de sus intervenciones: la gente tiene derecho a ser feliz sin ni siquiera conocer la alta cultura, sin leer a Joyce o a Proust, sin saber de ópera, y apenas sin saber nada. El Nobel peruano dijo que, para él, la alta cultura ocupa un papel importantísimo en nuestra civilización y que cuando la cultura se queda en el espectáculo se desploman los principios morales que nos han llevado a ser como somos, a distinguir el bien del mal, a distinguir lo justo de lo injusto, a caminar hacia la libertad desde la libertad. Lipovestky no se quedó corto: dijo que los intelectuales ya no son lo que eran, una suerte de clérigos que ordenaban o desordenaban el canon de la alta cultura modelándola a su propio gusto. Se habló del capitalismo o, aunque los dos escritores matizaron su apoyo a este sistema tan contradictorio en el que muchos estamos dejando de creer porque sospechamos que quienes precisamente tienen que salvaguardar los principios justos del capitalismo son los más ladrones del sistema, los más terribles delincuentes, los mismos que nos han llevado a esta situación de crisis que no sabemos donde va a terminar.
Lo importante de la reunión de ayer en el Cervantes, con intervención de la Editorial Alfaguara y de la Cátedra Vargas Llosa, que dirijo desde el momento de su fundación, es que el público asistente no se movió de sus sillas, como si estuviera hipnotizado por la voz y la palabra de los dos protagonistas del debate. De modo que no puedo por menos de calificar ese mismo debate como muy interesante, y muy gratificante para quienes desde la alta cultura reconocemos que en la cultura del entretenimiento hay valores que rescatar y poner en su lugar exacto. Aunque, desde luego, y en esto si estamos de acuerdo con Vargas Llosa, si la cultura termina en el espectáculo y en la mera y simple diversión, estamos perdidos.
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Cursó sus estudios primarios y secundarios con los jesuitas, en su ciudad natal y se licenció en Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid en 1968. Entre 1974 y 1978 viaja y cambia repetidamente de residencia y desde 1978 se asienta en Madrid. Ejerce múltiples y variadas actividades, literarias y periodísticas, como colaborador en medios de prensa y televisión españoles. Entre 1974 y 1978 publica sus primeras novelas "El camaleón sobre la alfombra" - Premio Benito Pérez Galdos 1975, "Estado de coma" y "Calima" donde se descubre su primer universo literario. Luego con "Las naves quemadas" y "El árbol del bien y del mal" creó el imaginario de Salbago. En 1998 obtuvo el Premio González-Ruano de Periodismo y, desde ese mismo año, está en posesión de la Orden de Miranda. En la actualidad es director de la Cátedra Vargas Llosa. -
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Casi me siento obligado, no por nada, sino por rigor intelectual, el que me quede, por coherencia ética, la que pueda asir, y, por qué no, por defensa de la forma, de las aristas, por defensa de los conceptos entrecruzados que traen causa de un planteamiento, amor a la envoltura de la obra cultural, digo, por la estética de la obra cultural (el cuadro, el dibujo, la novela, el mito, el sonido, el vaivén de la obra que llega al que la espera, la abraza, la devora y la digiere.
Un ejército de hombres que escaparan de películas como Farengheith 451 y otras similares, debieran vigilar las obras y frente al proceso de destrucción de la cultura, debieran abordar acciones. Si fuera necesarioa destruir medios de reproducción tipo televisión histriónica o posibilidades de estirar un cuadro para poder venderlo en cachitos a tanto el centímetro cuadrado con el fin de obtener culto sobre lo bello que no se ve… y demás aberraciones, debieran entran con los cañones por banda para que nunca nadie pueda tocar lo que dijo Sartre, Homero, Flauvert o el mismísimo Fernando Savater.
Una revolución antisistema que preserve los procesos creados y que evite que se apropien de la Cultura los monos con sus calculadoras transformando hasta lo más intocable, que son los cuentos infantiles y haciéndolos bochornosos cuentos de do, re, mi, por las montañas austríacas.
Levantémonos, leamos lo que nos quede por leer y no permitamos que nadie lo toque.
Que el PP, el de las reformas reaccionarias haga algo por la cultura.
Podría ganar la historia y el futuro.
Saludos.
Me gusta la información en su sitio.
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Lipovestky no se quedó corto: dijo que los intelectuales ya no son lo que eran, una suerte de clérigos que ordenaban o desordenaban el canon de la alta cultura modelándola a su propio gusto