Hace tan sólo un par de horas recibí la mala noticia: Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano, había muerto en el Distrito Federal de su país. Un fallo respiratorio, según las primeras noticias. En el tiempo que va de recibir esa noticia hasta ahora mismo, cuando escribo este comentario, he estado acordándome de las muchas veces que hablé con Carlos Fuentes, y de cómo recibí, a lo largo de mi vida de lector, cada una de sus novelas. Algunas de esos relatos no gustaron mucho a la crítica, pero a mí, por lo menos hasta hace veinte años, me parecían un ejercicio de escritura de un pasional de la literatura, un tipo grande que nunca dejó de escribir, ni siquiera en los momentos más amargos de su vida, que los tuvo y mucho. Además de todas esas muertes que nos persiguen a todos, Fuentes tuvo dos desgracias que le desgarraron la vida: la muerte de dos de sus hijos, un hijo y una hija, en circunstancias -sobre todo la segunda- que estoy seguro que ahora han pasado esta cuenta injusta en el corazón de uno de los novelistas más importantes de la lengua española en el siglo XX. Recuerdo el asombro con el que leí “La región más transparente”, escrita con veintiocho años; recuerdo la lectura de “Cambio de piel”, aquel intento de Fuentes por escribir, y muy bien, su ilegible “Bajo el volcán”. Recuerdo “Terra Nostra” y recuerdo, poco a poco, cuando me voy recuperando con lentitud de la pésima noticia de su muerte, cada uno de los libros de Fuentes que leí con verdadera admiración.
Ahora ya será objeto de estudio en la literatura universal y nunca lo veremos otra vez desplegar en público aquellas cualidades de magnífico actor y orador que lo llevaron a una brillantez verbal verdaderamente excepcional. Deploro siempre la muerte de mis amigos, y no dejo de pensar que hay hoy un vacío más en el mundo de mis viejos afectos, esos que nunca cambian y que, como mis odios, los tengo puestos al día.
Anoche, como si fuera un aviso de lo que ocurriría trágicamente hoy, pensé precisamente en la visita que hice a los territorios geográficos de México donde se desarrollo “Cambio de piel”, una novela que tardó en publicarse en España gracias la censura franquista. Es del año 1967 y ganó con ella el Biblioteca Breve más prestigioso, cuando Carlos Barral era el editor que todos los escritores deseaban tener.
Es muy triste, pero la vida pasa factura. El mejor homenaje que podemos hacerle hoy sus amigos es recordarlo y, sobre todo, leer sus libros: en ellos está Fuentes para siempre.
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Cursó sus estudios primarios y secundarios con los jesuitas, en su ciudad natal y se licenció en Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid en 1968. Entre 1974 y 1978 viaja y cambia repetidamente de residencia y desde 1978 se asienta en Madrid. Ejerce múltiples y variadas actividades, literarias y periodísticas, como colaborador en medios de prensa y televisión españoles. Entre 1974 y 1978 publica sus primeras novelas "El camaleón sobre la alfombra" - Premio Benito Pérez Galdos 1975, "Estado de coma" y "Calima" donde se descubre su primer universo literario. Luego con "Las naves quemadas" y "El árbol del bien y del mal" creó el imaginario de Salbago. En 1998 obtuvo el Premio González-Ruano de Periodismo y, desde ese mismo año, está en posesión de la Orden de Miranda. En la actualidad es director de la Cátedra Vargas Llosa. -
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