Fuentes, en su región más transparente

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Hace tan sólo un par de horas recibí la mala noticia: Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano, había muerto en el Distrito Federal de su país. Un fallo respiratorio, según las primeras noticias. En el tiempo que va de recibir esa noticia hasta ahora mismo, cuando escribo este comentario, he estado acordándome de las muchas veces que hablé con Carlos Fuentes, y de cómo recibí, a lo largo de mi vida de lector, cada una de sus novelas. Algunas de esos relatos no gustaron mucho a la crítica, pero a mí, por lo menos hasta hace veinte años, me parecían un ejercicio de escritura de un pasional de la literatura, un tipo grande que nunca dejó de escribir, ni siquiera en los momentos más amargos de su vida, que los tuvo y mucho. Además de todas esas muertes que nos persiguen a todos, Fuentes tuvo dos desgracias que le desgarraron la vida: la muerte de dos de sus hijos, un hijo y una hija, en circunstancias -sobre todo la segunda- que estoy seguro que ahora han pasado esta cuenta injusta en el corazón de uno de los novelistas más importantes de la lengua española en el siglo XX. Recuerdo el asombro con el que leí “La región más transparente”, escrita con veintiocho años; recuerdo la lectura de “Cambio de piel”, aquel intento de Fuentes por escribir, y muy bien, su ilegible “Bajo el volcán”. Recuerdo “Terra Nostra” y recuerdo, poco a poco, cuando me voy recuperando con lentitud de la pésima noticia de su muerte, cada uno de los libros de Fuentes que leí con verdadera admiración.
Ahora ya será objeto de estudio en la literatura universal y nunca lo veremos otra vez desplegar en público aquellas cualidades de magnífico actor y orador que lo llevaron a una brillantez verbal verdaderamente excepcional. Deploro siempre la muerte de mis amigos, y no dejo de pensar que hay hoy un vacío más en el mundo de mis viejos afectos, esos que nunca cambian y que, como mis odios, los tengo puestos al día.
Anoche, como si fuera un aviso de lo que ocurriría trágicamente hoy, pensé precisamente en la visita que hice a los territorios geográficos de México donde se desarrollo “Cambio de piel”, una novela que tardó en publicarse en España gracias la censura franquista. Es del año 1967 y ganó con ella el Biblioteca Breve más prestigioso, cuando Carlos Barral era el editor que todos los escritores deseaban tener.
Es muy triste, pero la vida pasa factura. El mejor homenaje que podemos hacerle hoy sus amigos es recordarlo y, sobre todo, leer sus libros: en ellos está Fuentes para siempre.

Los indignados, un año después

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La indignación que cubrió las plazas de las ciudades de Europa hace un año, cuando los verdes de mayo hasta el mar, ha vuelto a salir a la calle. Hubo gritos, carreras, policía, heridos y detenidos, pero la sangre no llegó al río y, una vez más, los llamados indignados de mayo hicieron acto de presencia durante unas horas en las vidas de todo y, sobre todo, en los medios informativos que se ocuparon con gran espacio de sus actividades públicas. Se trataba de eso: que el sistema y quienes lo manejan, siempre según los indignados, vea y por fin se den cuenta de que la indignación puede ir subiendo de tono poco a poco hasta conseguir bloquear todo un mundo que, a mi modo de entender, camina por inercia. Parar la inercia es sumamente complicado, porque es más que una costumbre, es una genética del mismo mundo que vivimos que no nos permite más camino que seguir de un lado a otro, pendientes de nuestra propia inercia.
Hay quienes, además, piensan que en los indignados no florecerá ninguna revolución popular al uso, sino que lo que se sugiera bajo todo ese griterío pacífico no es más que un pensamiento adolescente que sólo le interesa a los jóvenes y a los viejos. Y no es del todo cierto. Este sistema en el que vivimos ha sido asaltado por muchos de los magnates y legisladores que dicen luchar para que la ley sea igual para todos y nadie esté por encima. Los que tienen que cuidar de esa ley son, según los indignados, los primeros que se la saltan todos los días y el mundo, que es lo que yo creo, no funciona por ellos sino por la inercia del propio mundo y de quienes nos creemos que lo movemos, que somos nosotros.
Además, ¿cuándo no hubo indignados en el mundo? Este sistema capitalista, el nuestro, que también pasa por ser democrático, y a veces hasta lo es, está ahora en manos de fulleros que cuando no terminan en la cárcel por robar más de la cuenta se esfuman como niños buenos y se van a la buena vida de hacer negocios como si el asunto no fuera con ellos. Los ejemplos son tantos que las reclamaciones, de hacerlas, serían incontables. Mientras tanto, mayo es el mes de los indignados, pero también el de los contribuyentes. Dentro de nada tendremos que pagar lo que nos cuesta que todavía funcione esa inercia a la que me refiero, la última energía que le queda al mundo en que vivimos, junto con la de los indignados…

Dos dinosaurios pedigüeños

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Estábamos en el P&J Clarke´s de Manhattan. Cenábamos en la vieja amistad Teresa Iniesta, Saso Blanco, Javier Rioyo, Julio Baldeón, Octavio Zaya y yo. Buen vino y mejor diálogo. Hablábamos sobre la exposición de Ullán en Madrid, un personaje que nos fue necesario. Hablamos de su poesía y de su amistad con los Zaya.Hablamos de Antonio Zaya. Y en medio de la gloria, llega un sms de Artuto Maccanti con este texto, dirigido a mí: “He enterrado a dos hijos y yo pido que te toque enterrar a uno tuyo. Vas a ver lo sabroso que es”. Maccanti es el anciano vate a quien me referí hace un par de semanas en estos chismes sabatinos y prustianos, el poetastro que exige ahora del Estado una pensión para acabar el mes, sin haber dado un palo al agua y sin haber pagado un euro al erario público de un trabajo que nunca hizo en la vida. Y cree que se lo merece “porque ha hecho mucho pos su pueblo”. Agárrame ese cangrejo que va por agua a la mar. Con versos como el que recibí en Manhattan se alimentan los buitres de la muerte, y los heraldos que fraguan su propia fracaso. Pero ya ven como se las gasta el gallo, ¡y con tan buena imagen pública! Estábamos en Manhattan hablando de Ullán, de Antonio Zaya y de la vieja amistad, cuando entró de pronto en mi iPad la gran noticia del año: el rapsoda Justo Jorge Padrón, autonominado al Nobel en los tiempos de Artur Lunkvist (que vetó a Borges y a Vargas Llosa, a este último mientras pudo), pide a la sociedad y al pueblo canarios un sueldo de 30.000 euros anuales de subvención para dedicarse exclusivamente a “su obra” y no a otros menesteres cotidianos… ¿Por qué?, nos preguntamos en aquella cena. Porque, según dijo en rueda de prensa en una de las capitales del Trópico de Cáncer el ilustre y universal bardo, está escribiendo una obra única, con 100.000 versos, que está llamada a ser universalmente conocida porque en ella está toda la historia de Canarias, en versos rimados a estas alturas de la literatura. Hasta ahora se ha publicado que Bankia, cómo es la vida, le ha ido pagando hasta 180.000 para que perpetre con calma su sueño eterno, y otras instituciones han financiado su dolce far niente poético, con decenas de miles de euros del gobierno canario (el de Ramón Rodríguez y Adán Martín, como subvención a su “patriótica” labor poético e histórica). Ahora se ha terminado la juerga, no hay dinero y el ilustre rapsoda se ve en la necesidad de pedir públicamente ese dinerillo anual a una sociedad ¡que tiene en paro absoluto a un 33% de su población! Fuimos durante esa noche de Manhattan y amistad de la hilaridad a la indignación, y después fuimos a internet para leer la cantidad de improperios y adjetivos que le han dedicado los lectores de Canarias7 en sus comentarios. En un mundo de ajustes, ruina de lo público y lo privado, ¿a quién si no a un personaje sin el más mínimo escrúpulo se le ocurre “pedir” a su necesitada sociedad que mantenga su inútil vicio de escribir? Añade el rapsoda, que ya se ha comido en sus versos un par de herencias familiares y mil subvenciones, que su obra es monumental, más grande que otras inferiores (en versos, debo entender) como ¡La Iliada y La Odisea! ¡Ercilla redivivo!Añadamos La Divina Comedia para que nos quedemos todos contentos. Y entonces lo dije, saqué de mi memoria el cuento mágico y tópico de Tito Monterroso y lo lancé sobre la mesa: “Cuando me desperté, los dinosaurios pedigüeños seguían allí”. Este bardo universal ha bajado para siempre a sus propios oscuros fuegos, de la nada a la más absoluta miseria moral, porque sólo a alguien que ase la manteca y además no tenga ni siquiera el más mínimo principio ético y estético se le puede ocurrir en estos tiempos semejante epopeya de subvención. ¡Qué elija una esquinita visible de la Avenida de Las Canteras y pida con su sombrerito la limosna, en lugar de mostrarse en público con algunas autoridades locales como si fuera el Homero insular! Porque son las autoridades autonómicas y municipales, las Cajas de Ahorros y otras “beneméritas” instituciones, las que han hecho inveterada costumbre de esta lamentable actitud que convierte a escritores y poetas mediocres de toda España en aparentes autoridades intelectuales, cuando cada uno de ellos deja mucho que desear en su conducta pública y privada. Y no quiero, ni pretendo, herir el honor de nadie ni mucho menos. Critico, con toda la acritud que sea necesaria, a quienes dan dinero público por mera costumbre de compinchería a quienes no se merecen que nadie los mire a la cara. Mientras tanto, llega a mis manos otro sms del vate Maccanti: “Me llaman de Las Palmas de Gran Canaria para decirme que tienes herpes de esófago… Ahora se explican tus traumas. Lo siento de veras”. ¡Vaya vaina la de los dinosaurios pedigüeños!

Los miedos cotidianos

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Los medio de información se van vuelto heraldos del miedo en medio de la crisis económica europea. Pero mucho más evidente que esa crisis económica, que de una u otra manera nos envuelve a todos, es la crisis de los propios medios informativos, sin los que la democracia, hay que recordarlos siempre, no es más que papel mojado. Y si hablamos de papel, ¿qué decir de esa crisis? Hay voces, incluso dentro del gran empresariado mediático, que no ven salida a los periódicos, que han sido un soporte de papel con cimientos de hierro en el crecimiento de las democracias. Ahora, todos, incluso los poderosos de los medios informativos, tenemos los pies de barro, somos más pobres, menos ricos por tanto, más humildes a nuestro pesar y, por tanto, menos prepotentes de ,o que hemos sido durante los años de la juerga, la jarana y la fiesta interminables.
Acusar a los mensajeros de las malas noticias es un mal síntoma democrático, pero que los mensajeros -los medios informativos- no nos den más que malas noticias, sin ni siquiera atenuar sus efectos, es todavía peor síntoma que el anterior. Es verdad que hay una verdad vergonzosa en el periodismo escrito: que las buenas noticias no venden un periódico, y que son las malas noticias las que hacen de un medio informativo una empresa poderosa, influyente y hasta temida. Todos tenemos ejemplos a manos para saber que cuanto decimos es objetivamente cierto, pero la crisis, ya lo decíamos hace unas horas, pone a cada uno en su lugar aunque la injusticia de la misma crisis caiga siempre sobre los más débiles.
Hay quien habla ya, en las redes sociales sobre todo, de “los miedos de información masivos”, una irónica verdad por medio de la que se nos inyecta un pavor cotidiano a cuanto hacemos o dejemos de hacer. si trabajamos, podemos perder el trabajo; si ya lo hemos perdido, no podremos jamás recuperarlo; no estamos en el paro, lo peor que puede sucederte es que de repente te enfermes de los nervios o de ese otro mal psicosomático que es la depresión y el trastorno obsesivo compulsivo, que afecta ya a casi el veinte por ciento de la población.
De paso, los medios tampoco nos dicen hacia dónde vamos, qué destino nos espera en los próximos años y cuál va a ser nuestra inminente caída. Conviene de vez en cuando, y en los peores momentos, tomarse con un poco de relativismo cuanta mala noticia nos viene servida por los medios todos los días. Y levantar un poco el ánimo. Es justo, necesario y gratificante.

Sobre la interminable crisis

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Sobre la crisis económica, y de todo género, que nos mantiene el cuello en el pozo hay comentarios para todo público. Sucede, empero, que quienes más la sufren son los más frágiles, que se quedan sin norte y sin trabajo, y sin fe en la sociedad y sin confianza en sí mismos. Pero la crisis, ésta como todas, tiene algunas cosas buenas que empiezan a aflorar en medio de las carencias y protestas de todo tipo: que poco a poco sitúa a la gente en su lugar exacto, sobre todo a aquellas personas que hasta ahora gozaban de un status casi sobrenatural en el territorio público, en el espectáculo lamentable de la economía y en los foros con escenarios nacionales e internacionales. Ahora, cierto, hay mucha gente injustamente muy disminuida desde el punto de vista económico y personal, pero otros muchos, que hasta ahora se han valido de la mentira del sistema y de su disfraz de grandes hombres y mujeres están definitivamente asistiendo a la decadencia de sus propios carnavales, causantes además de la crisis global que nos domina.
Decía el de Loyola que en tiempos de crisis no es bueno hacer mudanzas. Aconsejaba, pues, prudencia y saber a ciencia cierta por donde llega el viento todos los días. Sucede, y eso lo saben todos los que leen este blog, que también en tiempos de crisis se aguza y agudiza el ingenio y lo que ayer mismo despreciábamos por la torpeza de creernos nuevos ricos hoy nos sirve para resolver no sólo un roto sino también un descosido. Hacer mudanzas en estos tiempos es cosa de aventureros intrépidos que se adentran en la espesura de la selva para conseguir en el fondo del mundo el terroso con el que todos soñamos, las minas del Rey Salomón o una veta inmensa de diamantes que van dejando un reguero de sangre por donde pasan hasta quedar limpios como una patena en el cuello de una de esas damas que nunca han sabido ni de barrios ni infiernos.
Dije y escribí antes que la crisis también trae cosas buenas. Y lo mantengo en este párrafo final: toda farsa tiene su sin a veces trágico, otras veces cómico, peo en la mayoría de las ocasiones el final estrambótico es ridículo y tragicómico. Por eso vemos por doquier, y en estos mismos momentos, como caen torres inmensas que creíamos invencibles y cómo se desmoronan las personalidades públicas y reconocidas en las que nos mirábamos hace un rato como paradigmas y ejemplos del gran sistema en que estamos sobreviviendo de milagro.

Grecia

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Europa nació en Grecia. La civilización occidental nació en Grecia. El pensamiento, la libertad, el debate, la política, la literatura, el arte, todo cuanto se hizo en principio y en origen en Europa se hizo en Grecia y desde Grecia. El tiempo se nos ha venido encima en Europa y Grecia ahora es la radiografía de una ruina y una vejez que, si no quiere ser la viva imagen de la muerte, ha de rechistar de las cenizas propias, como el Ave Fénix. La Europa y el mundo de los mercados, la mentira económica, la falta de seriedad y respeto: ahí están las leyes incumplidas que han llevado a Grecia a una situación límite y ha llevado al límite a Europa, que fue creación suya hace ya más de treinta siglos. ¿Es hora otra vez de una gran guerra? Por alguna esquina resopla la ballena asesina de la ultraderecha nazi. Por la otra esquina, el ultraizquierdismo aprovecha sus últimos coletazos de dinosaurio para lanzar sus proclamas antisistema. ¿Quiénes son los verdaderos responsables de esta situación de crisis histórica de Europa, Grecia, sólo los griegos?
La llega del euro significó un gran avance para el continente europeo, pero los nacionalismos, la nueva máscara de la vieja tribu se ha hecho cargo del escenario y plantea un retroceso que será criminal en nuestra Historia. Ya hubo sangre, sudor y lágrimas en dos ocasiones. Ya hubo crímenes innumerables en nombre del progreso y la libertad. A los viejos que vivieron la II Guerra mundial, que ya son pocos pero muy juiciosos, se les ponen los pocos pelos que les quedan de punta cuando oyen las trompetas oscuras de la crisis soplar por el horizonte. ¿Cuánto tiempo tendremos para escapar esta vez del infierno en el que nos hemos metido de hoz y coz sin querer darnos cuenta del desastre? Hay expertos que dicen que ya no hay tiempo. Y que las elecciones generales en Grecia son un botón de muestra de ese mismo desastre, del horroroso nudo gordiano en el que Europa está metida. Hay quienes decimos que son los egoísmos nacionalistas quienes deshacen con sus tirones la Unión Europea y sus frágiles y hasta ficticios pactos entre naciones. Unos proclaman la necesidad del regreso a las fronteras naciones, otros proclamamos la necesidad de una Europa sin fronteras, abierta al porvenir y alejándose de la vieja guerra de Troya, ese eterno retorno del que no sabemos salir después de tantos siglos.

El descubrimiento de Manhattan

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Hace casi cuarenta años que descubrí Nueva York. Entré en Manhattan como quien entra en el cielo y me hospedé en el Sant Regis, en la 55 con la Quinta, el hotel de Dalí en Nueva York, el hotel de la gauche divine, a escasos metros del Costa Vasca, el restaurante donde Truman Capote ensayaba las boutades que luego escribía y, con su magia particular, convertía en alta literatura. Iba a Nueva York para descubrirla y hacerla mía. Fui entonces al Algonquin Hotel, donde Dorothy Parker impartía sus lecciones de vida y Norman Mailer inventaba todos los días una película que nunca encontraba productor. Recorrí el desolador Bowery, el Soho solitario y la Little Italy. Una mañana melancólica, con medio sol dándome el el rostro y el viento frío acariciándome sin que yo se lo pidiera la piel del alma, me senté en la terraza de un bar del Village. Del portal de enfrente, el famoso Actor´s Studio, salió una diminuta figura de hombre vestido de negro. Se bamboleaba como si quisiera flotar en el aire (su abrigo, que le llegaba a los pies, hacia de alas) y miraba a todos lados con ojos desarbolados. Era Al Pacino. Pasó por mi lado como quien ha salido del cielo y se encuentra con un mortal anónimo tomándose un scocht seco en medio de su soledad.
Con todo lo que descubrí en ese viaje, hay dos episodios que jamás se me olvidarán. Uno: la búsqueda en Brooklyn de la casa de Williams B. Arrensberg, que todavía vivía, aunque asido eternamente (eso decía su leyenda “Salinger”) a su silla de ruedas. Desde entonces sigo investigando en el oscuro escritor, que escribió los diálogos de la película “Manhattan Sur”, fue amigo del Coppola, el padre del director de “El padrino” y de John Huston, en quien influyó no poco, y escribió dos pequeños ensayos, dos obras de arte, sobre la pintura de mi amigo Eduardo Úrculo, otro enamorado de Nueva York y ya fallecido.
Nunca encontré a Arrensberg, aunque estuve delante de su casa y compré un dulce inolvidable en la panadería donde, según es leyenda, el escritor escondido compraba los pasteles que más le gustaban.
Y dos: pero encontré por primera vez a Etta Cameron, una cantante negra de Bahamas que vivió casi toda la vida en Copenhague, pero que estaba de gira con su música negra por Nueva York. Ella, como Nina Simone, puede decir que no “soul” ni jazz ni “gozzpel”, sino que lo que canta es música negra. Fue en un antro con sótano lleno de público en el Village. Etta cantaba con aquella voz de pozo profundo “What a Wonderful World” (siete minutos y seis segundos de duración) y yo creí que volvía a descubrir el cielo en el fondo de la tierra. Jamás había oído una voz como aquella, ni en la Simone, ni en Mahallia Jackson, ni en Arheta Frankin, ni en Roberta Flack. Aquella voz de Etta Cameron era única y su “What a Wonderful Word” me pareció, y esto puede parecer un sacrilegio a mucha gente, superior a la interpretación del propio Sachmo. Etta se movía de un lado a otro del pequeño escenario, con aquel entallado traje rojísimo con el que tanto he soñado durante tantos años y cantó también un “Summertime” y un “Love Me Or Leave me” que erizaba el vello más duro del cuerpo. Jamás me olvidé de Etta Cameron y hoy soy uno de sus más fieles seguidores. Falleció en el año 2010, un día triste del mes de marzo, pero tengo en casa todas sus creaciones musicales y para mí es como si vivieras conmigo todos los días.
¿Qué decir de Arrensberg? A una mujer que se dice hija suya, un amigo mío que vive en el Saint Morizt de Central Park le compró una copia de los papeles de su única novela escrita, pero jamás publicada, “Eternity at Central Park”, un relato fraccionario del Manhattan de los años 60, con calas en su propia memoria, lleno de nombres verdaderos y ficticios, desde el de Manolo Valdés al del alter ego del mismo Arrensberg. Sigo trabajando en la traducción lenta de esos papeles que requieran más de un intérprete sacral que de un escritor que conoce mal el inglés literario de los gringos, como es mi caso. Pero hablaba de Manhattan y su descubrimiento. Fui a ver a Pollock al MoMa y ya no he dejado de verlo cada vez que voy. Fue a una iglesia de Harlem a escuchar música negra. Fui a la fachada del edificio de Naciones Unidas para ver qué cosa tan grande, con tanta gente dentro que no hace nada. Ahora he vuelto a Nueva York, estoy aquí hoy, y se me antoja enorme. Estoy en Manhattan y sé que tengo todo un mundo por delante por descubrir.

El rugido de Nueva York

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Acostumbrarse al rugido de Nueva York es fácil. No queda otro remedio y además finalmente se hace atractivo. Ese rugido frenético parece una voz múltiple que te está dirigiendo la palabra sin cesar, para mantenerte vivo, caminando sus calles y sus plazas, enseñándote cara rincón escondido y sin embargo fantástico. A cada rato sucede un milagro en Nueva York, sólo que ha que estar muy atento, casi caminar vigilando cuanto sucede en tu entorno. Entonces verás los milagros, milagros contra la ley de la gravedad, milagrosas casualidades, milagros químicos en ese olor inconfundible de Nueva York que es un olor único, mestizo, erótico y vital. Para olerlo y sentirlo sólo hay que caminar por sus calles, dejarse llevar por la riada de gente que te acompaña en silencio a gritos, porque en Nueva York la gente habla a gritos, com si supieran que los demás no escuchan, no oyen debidamente.
Hace años alguien muy cercano me dijo en Madrid que un amigo de él me había visto por Quinta Avenida, muy embebido y de la mano de mi novio. Es improbable, le conteste irónico, yo soy heterosexual y loro viejo ya no aprenden a hablar. Digo yo ahora que debió ser un milagro alucinatorio, porque cuando me vieron en la Quinta con mi novio yo andaba escribiendo en Madrid, en la soledad de mi querido estudio, algún capítulo del Miranda que tanto tiempo me ha llevado terminar.
Lo del rugido, las voces y los milagros de Nueva York no es una broma ni una imagen literaria para salir del paso. Es una palpable realidad que tal vez la Gran Manzana no nos concede como privilegio sino a quienes nos elige para que sintamos ese fragor y veamos el milagro en cualquiera de. Sus infinitas calles. Yo camino incansablemente por esta ciudad de cristal, tan indescriptible como la gente que vas encontrando de un lado y de otro. Ayer vi un hombre de unos setenta años, solo, en un rincón de la 42 con Las Américas, con un altoparlante. El hombre repetía una sola palabra que se expandía por todo aquel universo de tanta gente. “¡Revolución!, ¡Revolución! ¡Revolución!”. Me paré a oírlo y mirarlo desde la acera de enfrente. La gente no le hacía caso, ni siquiera lo miraba, pero el hombre, impertérrito seguía gritando su palabra preferida. Hoy volveré a caminar por la 42 a ver si está en su lugar el hombre o descansa los sábados. Sea como fuere, su voz corresponde ya el rugido de Nueva York, ese fragor que todo oímos y del que no hacemos caso.

Madison Avenue

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Ayer, en la mañana, caminaba por Madison Avenue. De frente venía un hombre elegante, con paso raudo y gimnástico, un tipo de sesenta y pocos años, con mucha salud. Al pasar a mi lado, se le voló del bolsillo un papelito: era un talón de medio millón de dólares. Una mujer de color, más bien humilde, mayor y con un bastón, avisó al bao Brent de su despiste, mientras que ponía la punta de su bastón en cima del cheque, ya en el suelo. Me volví y llamé al hombre a gritos. El hombre se volvió, me vio gritando y al lado de la mujer de color y se encogió de hombros como si o fuera con él. El hombre siguió caminando y la mujer, con su voz de cantante negra profunda, volvió a llamarlo. El hombre estaba a punto de cruzar la calle y se perdía entre la multitud. Yo seguía gritando y el hombre volvía una y otra vez la cabeza, pero no atendía. Yo le señalaba el talón en el suelo y la punta del bastón de la mujer de color, pero el tipo se encogía de hombros como si nada. Finalmente tuve que correr, cruzar una calle detrás del hombre y decirle cuando llegué asfixiado a su lado que había un documento en el suelo, que la señora de color mantenía inmóvil ante la ventolera neoyorquina con la punta de su bastón. De repente, el hombre reaccionó y se buscó en los bolsillos. Se quedó pálido. Pónganse en s lugar, le faltaba un talón de medio millón de dólares. Con el mismo paso gimnástico que se alejaba antes, regresó deprisa al mismo lugar donde la señora de color mantenía la punta de su bastón sobre el talón de medio millón de dólares. Cuando llegó al lugar, el hombre se agachó, riéndose, tomó su talón, y mientras lo guardaba en el bolsillo, agradeció con timidez nuestro gesto. Me miró a mí. A la señora negra apenas le hizo caso. Entonces le dije que ella l había hecho todo. Debe usted agradecérselo con un fuerte abrazo, le dije. El hombre elegante abrió los ojos, inmóvil, un tanto perplejo. Así, le dije, mientras yo abrazaba a la mujer negra, que sonreía dejando ver una dentadura tan blanca como perfecta. Así, le dije. El tipo elegante, sin salir de su asombro, abrazó a la mujer de color, que seguía riéndose de lo más divertida. Volvió a agradecer y luego se marchó, raudo y gimnástico, Madison Avenue adelante, hacia Harlem, tal vez.

Nueva York, ciudad de cristal

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Llevaba tiempo sin venir a Nueva York, una ciudad que sobrevive impertérrita al paso del tiempo, una ciudad que parece caminar por los años con la fluidez del aire, una ciudad donde la marabú ta humana se encuentra en sus calles y plazas como en el cielo. Aunque, claro, no todo el monte es orgasmo. Como en la Roma del Imperio, aquí está la capital del mundo todavía, y en ella puede encontrarse lo peor y lo mejor de este mundo, el cielo y el infierno en una misma esquina. Ahora se celebra, en medio de crisis mundiales, la subasta primaveral de arte de Nueva York. No crean que vine a comprar ninguna obra de arte ni mucho menos. También, entre otros acontecimientos culturales, se está celebrando un foto internacional de escritores, al que tampoco vine, organizado por el Pen Club, la vieja institución civil que vela por los derechos humanos de los escritores en todo el mundo. Hubo un momento en que pensamos que el Pen Club sobraba y que ya los derechos humanos y, sobre todo, la libertad de expresión, ya estaban conquistados y no merecía la pena seguir una lucha en la que se había triunfado. Pero no fue así, los derechos humanos en todas las partes del mundo siguen amenazados, y la libertad de expresión es una lucha constante para que la censura de los poderes terrenales no sigan nunca el camino del totalitarismo. Vine a Nueva York a hablar de Francisco de Miranda en el Instituto Cervantes, cosa que haré mañana la tarde, cuando las horas amarillas lleguen de nuevo a esta ciudad que nunca se descompone. Mi deseo inmediato es vivir aquí una temporada, aunque no sé si ese sueño podrá cumplirse alguna vez. Una temporada no es más de seis meses, pero seis meses escribiendo en Nueva York es uno de mis sueños incumplidos, o todavía por cumplir. Ahora saldré a la calle a respirar ruido y gente, a encontrarme con la vida que en alguna ocasión me habría gustado vivir a aquí. Paul Auster está, junto a Fernando Savater, en ese congreso del Pen y es posible que me dé una vuelta pa escuchar su voz, la misma que he leído en muchos de sus libros, la misma que ahora releo en “La ciudad de cristal”, tan fresca y viva como la ciudad y la gente que la inspiró.